MIGUEL ÁNGEL FERNÁNDEZ, TODO CORAZÓN

30 años en posesión del regalo más preciado. El latido de un corazón prestado por un donante anónimo que llegó en el puente de los Santos del 1988. “El 1 de noviembre subí, bajé, estuve un rato arriba…”, narra Miguel Ángel Fernández, recordando los instantes al filo del abismo poco antes de que llegara el trasplante de corazón que le salvaría la vida in extremis.

Desde joven fue un amante del deporte. Lo probó todo. Disciplinas de raqueta, fútbol, balonmano y baloncesto, que fue el que más le llenó, ya que sigue enrolado en el mismo a día de hoy, a sus 50 años. Habría estudiado IBEF o periodismo. Entrenador del equipo EBA del CB Santurtzi SK (nivel semi-profesional) en la actualidad, Miguel Ángel Fernández se encontró, a sus 19 años, con una miocardiopatía dilatada que haría temblar los cimientos de su vida y que en menos de un año le conduciría a un trasplante cardiaco. En coma, tuvo la fortuna de que el órgano llegó a tiempo. Pero aceptó su condición pronto. Miró de cara a sus problemas y logró recuperarse para poder volver a vivir y a disfrutar de su pasión, que no es otra que el deporte. Charló y contó su experiencia en foros y lugares apropiados para la concienciación. Y llegó, incluso, a jugar a tenis en mundiales y europeos exclusivos para trasplantados al lado de su inseparable ‘Juanvi’. Ahora, un tercer inquilino canino mediatiza su vida con Rosa, su mujer, y genera que siga haciendo deporte al menos de vez en cuando.

“La verdad es que siempre me ha gustado todo el deporte”, afirma Miguel Ángel Fernández. “Me divertía el fútbol, el balonmano… pero el que más me gustaba sin duda era el baloncesto”, zanja el santurtziarra, para el que el baloncesto es “la cosa más importante de las menos importantes de la vida”. Y en efecto, es el deporte de la canasta el que mayor trayectoria y contraste le ha otorgado a lo largo de su vida, ya que entrenó a varias jugadoras que posteriormente llegarían a la máxima categoría nacional, como es el caso de Yaiza Lázaro, Sheila Alaña o Leire Benito.

Con 19 años y totalmente sano, Miguel Ángel recibió la noticia de que sufría una miocardiopatía dilatada cuya única solución era el trasplante cardiaco. “La información que había en el año 88 no era la misma que ahora, y el reto era que llegase un órgano antes de que mi cuerpo dijera basta”, relata Fernández con las emociones a flor de piel. Y la solidaridad, como él mismo cuenta, le abrazó de una manera providencial. El 1 de noviembre, día de los Santos, él estaba en coma. “Subí, bajé, estuve un rato arriba, otro abajo…”-reconoce con media sonrisa- “Pero el órgano llegó, y no puedo más que agradecerle eternamente al donante anónimo que me permitiese vivir”. El latido prestado había llegado y con él una nueva vida. Un corazón catalán le dio la vida Miguel Ángel Fernández en el hospital madrileño Puerta de Hierro.

Y esa nueva vida, como no podía ser de otra manera, no estaría exenta de deporte. Poco después, el protagonista comenzaría a entrenar un equipo. También se animaría a federarse al balonmano, en una aventura colectiva. “Rakel, la actual presidenta del Santurtzi, que es mi como mi hermana, me dijo que tenía que coger un equipo”, comenta en torno a sus primeras labores como técnico mientras alegra su rostro. “Me lo pasé francamente bien jugando a balonmano”, admite Fernández, que también revela que su madre siempre le dijo que no se centraba en nada. Él, por otro lado, prefería pensar que cada vez que cogía algo lo hacía con “un entusiasmo desorbitado”.

En una de las múltiples experiencias piloto que Miguel Ángel probó durante su vida, conoció en un torneo nacional en el 1990 a Juanvi, un riojano del que poco a poco se haría inseparable y con el que compartía la característica del trasplante (este último ha llegado a tener 4 corazones diferentes). “Ganamos medallas durante casi 20 años jugando a tenis en dobles en Mundiales, Europeos e Iberoamericanos (todo para trasplantados) hasta hace escasos dos años, cuando mi compañero tuvo que volver a ser intervenido” añade orgulloso.

Lo que era evidente, por otro lado, era que el trasplante condicionaría su vida.  “Me costó adaptarme, sentía que tenía una deuda con la sociedad”, se explaya tranquilamente Fernández. “Aunque pronto me reclutaron para dar charlas y explicar mi experiencia en distintas asociaciones y eso me ayudó mucho”, subraya el santurtziarra, que a posteriori llegaría a presidir alguna de esas asociaciones. Encontró entonces un aliciente para divulgar la información. “Los trasplantados tenemos que hacer todo lo posible para que nadie se quede en la lista de espera”, cierra alzando el tono.

Rosa es su mujer y es enfermera. “Me viene muy bien que ese sea su oficio…”, replica con guasa Miguel Ángel, que quiere pensar que es “un poco cachondo mental”. Bastantes cosas tiene la vida como para no intentar sacar una sonrisa a tus seres cercanos”, desliza. “Los fármacos inmunodepresores, para evitar el rechazo del trasplante, son muy fuertes y yo los llevo tomando 30 años. Además, afectan a la fertilidad”. Y precisamente esa vacante es la que hizo que, en consenso con Rosa, la pareja introdujese un miembro canino mezcla de mastín y bóxer que le ha cambiado la vida. “Nos planteamos que era mejor morir matando y Logan hace que no mantenga la vida sedentaria que llevaba antes”. “Ahora estoy mejor físicamente, y si me canso me monto en él y me lleva…” ríe Miguel Ángel, mostrando que la sonrisa es, según su punto de vista, “el único camino a seguir”.

Iñigo Nuñez Pereda

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